20 de Septiembre de 2017



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MUJERES CRIMINALES

 

 

En la criminología, tradicionalmente, la mujer ha sido objeto de poco interés, quizá porque son pocas las mujeres que comenten crímenes, al menos en las sociedades occidentales y en épocas recientes.

 

Por qué son pocas las mujeres que comenten crímenes, se ha tratado de explicar con distintas teorías y a través del análisis de factores diversos, por ejemplo por la naturaleza especial femenina destacando virtudes como una mayor sensibilidad, el sentido maternal o su debilidad constitutiva.

 

Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad, ha habido mujeres criminales, algunas muy conocidas. Los móviles han sido variados; los celos, venganzas, afán de poder, incluso ha habido asesinas en serie. El medio preferido por la mujer para matar, al menos en siglos pasados, ha sido el veneno, las mujeres envenenadoras han tenido una larga tradición a través de los tiempos. Ya entre los griegos Medea ejercía el oficio de envenenadora, Circe, utilizando bebidas envenenadas mató a su marido y a otros muchos hombres, Cleopatra, Agripina, Lucrecia Borgia, fueron otras envenenadoras famosas.

 

La Marquesa de Brinviller ha sido una de las envenenadoras más famosas de la historia y con ella va a comenzar esta serie de mujeres asesinas.

 

MARQUESA DE BRINVILLIERS.

Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers-La-Motte, nació el 22 de julio de 1630, en el seno de una familia aristocrática. Era la mayor de cinco hermanos.

Amable, fogosa, bella, intrépida, de espíritu vivo, de gran sangre fría, imperturbable ante los imprevistos, resuelta a sufrir y a morir si fuese necesario, así la describen los que la conocieron bien en su época.

A los 21 años (1651) se casó con Antoine Cobelin de Brinvilliers, barón de Nocerar. El marqués tenía amistad íntima con un capitán de caballería llamado Godin de Sainte Croîx, bastardo de una buena familia de Gascuña, que pronto se convirtió en el amante de Marie Madeleine lo que al parecer consentía el marido que a su vez tenía otras amantes. Pero el padre de Marie Madeleine cuando lo supo, consiguió que Sainte Croix fuese detenido y encerrado en La Bastilla.

Fue al parecer en La Bastilla donde Sainte Croix aprendió todo lo relativo a la preparación de venenos con un tal Exili o Eggidi o Pilles. Exili había aprendido a su vez la química de los venenos de un conocido químico de la época, el suizo Cristophe Glaser, establecido en París, autor de un célebre "Tratado de Química" y boticario del rey.

Cuando logró salir libre de la prisión, enseñó a su vez aquellos conocimientos a su amante. Poco tiempo después Exili fue deportado pero de alguna manera se escapó o regresó a París alojándose en la propia casa de Sainte Croix.

Tal fue el profundo odio que en Marie Madeleine se despertó contra su padre , responsable de la prisión de Sainte Croix, que decidió fríamente vengarse acabando con su vida y a la vez apropiarse así de la fortuna paterna.

Comenzó a visitar a los pobres y desvalidos de los hospitales a los que llevaba dulces, vino, galletas y otros regalos, pronto aquellos a los que atendía con tanto cariño, morían. Según las investigaciones de la policía de la época envenenó también a varios criados "para ensayar".

Una vez que probó lo que llamaba "la receta de Glaser", comprobando la impotencia de los médicos para descubrir las trazas del veneno en el cadáver, fue cuando estuvo segura del efecto y decidió el envenenamiento de su padre.

El envenenamiento duró ocho meses, al cabo de los cuales Antoine Dreux d’Aubray murió en París el 10 de septiembre de 1666 a los 66 años. La autopsia mostró según los médicos que la muerte fue por "causas naturales". Sin embargo corrió el rumor de que había sido envenenado.

Marie Madeleine confesaría más tarde que había administrado veneno a su padre 28 a 30 veces, con sus propias manos y a veces por medio de un lacayo. Al parecer usaba arsénico mezclado con otras sustancias.

Una vez que se libró de su padre que era el crítico de su conducta licenciosa, Marie Madeleine ya no tuvo freno a sus pasiones y tuvo varios amantes a la vez, entre ellos un primo suyo de quien tuvo un hijo además de los que tenía de su marido y dos que tuvo de su amante Sainte Croix. Luego se enamoró del preceptor de sus hijos, un joven llamado Briancourt, bachiller en teología.

Pronto dilapidó la herencia paterna que le había recibido, a sus hermanos les había quedado la mayor parte, no vaciló en enviar a dos sujetos que le recomendó su amante para que asesinaran a su hermano mayor cuando viajaba en coche a Orleans, pero fracasaron en su intento. Como le urgía el dinero, se decidió a ensayar de nuevo el veneno. Para ello consiguió hacer entrar como lacayo a un sujeto llamado La Chaussée, en casa de su hermano Antoine que vivía con el segundo hermano que era Consejero de la Corte. El lacayo usó una dosis tan fuerte de veneno que el Teniente Civil se dio cuenta. Pero La Chaussée hábilmente se excusó diciendo que serían restos de una medicina que tomaba y rápidamente tiró el líquido al fuego.

Hubo un segundo intento por medio de un pastel del que comieron algunos de la familia que se sintieron enfermos pero fue Antoine quien más sufrió. La Chaussée le atendía solícito y en cada bebida que tomaba le ponía más veneno. Los sufrimientos de Antoine eran cada vez mayores. El martirio duró tres meses, vomitando continuamente, adelgazando, secándose poco a poco y muriendo por fin en junio de 1670.

El otro hermano murió tres meses después y en la autopsia realizada se pudo comprobar que había sido envenenado. No sólo no pareció nadie sospechar de La Chaussée, sino que su difunto amo le dejó en su testamento "100 escudos por sus leales servicios".

Madame de Brinvilliers, como se sabría más tarde, intentó envenenar a su propia hija mayor porque "le parecía tonta", aunque luego se arrepintió y le dio leche como contraveneno.

Sus cómplices le exigían cada vez más dinero, teniendo que someterse a sus chantajes. Sainte Croix tenía guardados frascos de veneno y 34 cartas de Marie Madeleine que la comprometían en los crímenes de sus familiares. Ella, al ver que su amante retenía las cartas comprometedoras, pensó en suicidarse usando sus mismos venenos. Pero fue el propio Sainte Croix quien administró a Marie Madeleine un veneno de lo que ésta se dio cuenta enseguida que se sintió mal por lo que tomó gran cantidad de leche para neutralizarlo lo que la salvó.

En 1673, cansada al parecer de su señora de compañía, la envenenó también. En sus confidencias a Briancourt, fue revelándole todos sus crímenes y le contó cómo había despreciado a sus hermanos a los que había envenenado.

Quedaban aún vivas su hermana Therèse d’Aubray y su cuñada Marie-Therèse Mangot, la viuda de Antoine, que le reprochaban su conducta viciosa. Briancourt escribió a ambas avisándoles que tuvieran cuidado pues se pretendía envenenarlas.

La Brinvilliers intentó por ello envenenar a Briancourt, primero le dio un veneno, que no le produjo, al parecer, el efecto deseado y luego encargó a Sainte Croix que le mandase apuñalar cosa que también fracasó. Un tercer intento hubo, al parecer, pues Briancourt cuenta que un día alguien, a quien no pudo ver, le disparó dos tiros que no dieron en el blanco.

El marqués de Brinvilliers fue también objeto de las "atenciones" de su mujer, en mas de una ocasión recibió varias dosis de veneno de mano de ella misma, pero arrepentida, más tarde le cuidaba y le administraba un contraveneno. El pobre marqués no hacía más que tomar triaca magna y orvietan que por entonces se creía que eran potentes fármacos preventivos del envenenamiento.

Un acontecimiento imprevisto iba a tener lugar, el que serviría para descubrir los crímenes; la muerte de Sainte Croix en su misterioso laboratorio de la plaza Maubert, donde practicaba la alquimia tratando de hallar la piedra filosofal. Al parecer algunas emanaciones de las sustancias tóxicas que manipulaba y que respiró al romperse la máscara de vidrio que utilizaba, fueron las causantes de su final. Sainte Croix había dejado un papel escrito al que puso por cabecera "mi confesión".

Cuando Madame de Brinvilliers se enteró trató por diversos medios de conseguir sus cartas comprometedoras sin conseguirlo.

El comisario Picard se hizo cargo de las investigaciones el 8 de agosto de 1672 con el sargento Creuillebois. Éstos, en el registro realizado hallaron la arqueta con las cartas de las que deducirían toda la horrible historia de los crímenes, a pesar de que Sainte Croix en su confesión rogaba que la arqueta sellada se devolviese a Mme. de Brinvilliers por no contener nada de particular, desobedeciendo aquel deseo, el comisario leyó las cartas y un documento por el que Mme. de Brinvilliers se comprometía a pagar a Sainte Croix 30.000 libras y las botellas conteniendo los venenos. Mme. de Brinvilliers fue citada para examinar los escritos hallados, pero ésta envió a su procurador y huyó a Inglaterra. La Chaussée fue detenido y sometido a tortura confesándolo todo y fue condenado a muerte el 24 de mayo de 1673, fue desarticulado en la rueda hasta que murió.

Luis XIV personalmente, dada la calidad de la acusada, se tomó un gran interés en el proceso. Quiso que la investigación se llevase adelante hasta sus últimas consecuencias y que todos los cómplices por alto que estuviesen fuesen descubiertos y condenados. Mientras tanto, la marquesa vivía miserablemente en Londres. Se solicitó su extradición a Inglaterra y el rey la concedió, pero Marie Madeleine había ya huido a los Países Bajos.

El 25 de marzo de 1676 la marquesa de Brinvilliers fue por fin detenida en Lieja en el convento en que se había refugiado. La detención es un capítulo más rocambolesco aún que la vida de esta familia. El capitán Degrez, disfrazado de abate, consiguió interesar a Mme. de Brinvilliers en una cita amorosa, y ésta cuando esperaba una aventura galante más, se encontró con un oficial de policía y dos arqueros que la detuvieron pocos momentos antes de que las tropas españolas entrasen en Lieja.

La marquesa de Brinvilliers llevaba consigo en el momento de ser detenida una confesión escrita de todos sus crímenes que sería más tarde publicada por Armand Fouquier en su obra sobre las Causas célebres, pero el tono de la misma era tan fuerte que el propio editor no se atrevió a publicar aquello, quitando algunos párrafos y traduciendo otros al latín.

Fue conducida a Maestricht y encerrada en la prisión de la ciudad. Intentó suicidarse tomando fragmentos de vidrio molido de un vaso que había roto, tragó alfileres, incluso un tercer intento de suicidio aún más horrible todavía, introduciéndose un bastón por la vagina. Trató de comprar a uno de sus guardias para escapar de la prisión, matar al policía Degrez al que odiaba y al criado que la atendía y robar la caja donde Degrez guardaba su confesión escrita. Todo en vano. Fue trasladada a París y encerrada en la Conciergeríe. Desde allí escribió cartas a sus amistades, que uno de los guardianes le prometía entregar, cuando en realidad eran entregadas a los magistrados.

Comenzó el proceso contra esta mujer el 29 de abril de 1676. Negó con obstinación todos los cargos y evidencias incluso sus confesiones. Se la acusó de asesinatos, de sodomía y de incesto. Briancourt compareció ante el Tribunal haciendo un detallado relato de la vida de su examante. Briancourt entre sollozos se dirigió a ella en el curso del último careo exclamando: "Os advertí muchas veces señora de vuestros desórdenes, de vuestra crueldad y que vuestros crímenes os perderían" a lo que ella respondió: "Siempre habéis sido un cobarde Briancourt, y ahora tampoco tenéis valor. Lloráis".

Durante todo el proceso no se descompuso el rostro de Marie Madeleine. Siguió negandolo todo. Conservó siempre su mente clara y una mirada dura en sus ojos azules. El Presidente del Tribunal anunció que le enviaría una persona de gran virtud que la consolaría en sus últimos momentos y trataría de salvar su alma, el abate Edmond Pirot, teólogo y profesor de la Sorbona que ha contado el último día de Mme. de Brinvilliers minuto a minuto en dos volúmenes que constituyen una verdadera obra de arte literario.

El 16 de julio de 1676 se leyó la sentencia.

"La Corte ha declarado a la dicha d’Aubray de Brinvilliers culpable de haber envenenado a su padre M. Dreux d’Aubray y haber hecho envenenar a sus dos hermanos y atentado contra la vida de su hermana (no se habla de más muertes ni de sus ensayos). Por ello se la condena a presentarse en la puerta principal de la iglesia de Notre Dame de París, con los pies desnudos, la cuerda al cuello, manteniendo en sus manos una antorcha ardiente de 2 libras de peso y allí de rodillas declarar que por venganza y para apoderarse de sus bienes envenenó a su padre, a sus dos hermanos y atentó contra la vida de su hermana, de todo lo cual se arrepiente y pide perdón a Dios, al Rey y a la Justicia. Y en la plaza de la Grève de esta villa le cortarán la cabeza en el cadalso levantado en la dicha plaza. Luego su cuerpo será quemado y las cenizas aventadas..."

Después de la lectura de la sentencia, la llevaron a la sala de torturas.

Al entrar dijo: "Señores, es inútil eso. Yo lo diré todo sin olvidar un detalle. Negué todo durante el juicio porque así creía defenderme y no creí estar obligada a confesar nada. Se me ha convencido de lo contrario y os aseguro que si hubiese hablado hace tres semanas con la persona que me habéis enviado hace 24 horas (se refiere al P. Pirot) haría tres semanas que sabríais toda la verdad". Después, levantando la voz hizo una declaración de todos sus crímenes. En cuanto a la composición de los venenos que usaba, sólo sabía que llevaban arsénico, vitriolo y veneno de sapo. El único antídoto que ella conocía era la leche. Como cómplices sólo tuvo a Sainte Croix y los lacayos.

Los jueces consideraron que había hablado sinceramente, pero la tortura era exigida por el reglamento y así se la sometió a la tortura del agua, la más cruel que se aplicaba por entonces en París. Se hacía beber enormes cantidades de agua al condenado, lo que producía una gran dilatación del estómago e intestinos y con ello horribles dolores.

Al salir de la Conciergeríe fue subida a una carreta muy estrecha donde apenas podían permanecer la condenada, el verdugo y el P. Pirot. Las calles estaban llenas de gentes curiosas que iban a presenciar el ajusticiamiento. Un dibujante, Le Brun, le hizo un dibujo que hoy se expone en el Museo del Louvre de París con el N. 853 a lápiz rojo y negro, considerado como una obra de arte. Se ve en él la silueta del abate Pirot detrás de la condenada.

La gente la insultaba al paso aunque otros la compadecían. Subió al cadalso con entereza y dijo al sacerdote: "No os vayáis antes de que mi cabeza haya caído. Me lo habéis prometido. Os ruego me perdonéis el tiempo que os he quitado... Os ruego que digáis un De Profundis en el momento de mi muerte y mañana una misa. Rogad a Dios por mí". A lo que contestó Pirot: "Haré lo que me pedís". Y cuenta en su estremecedora obra el abate Pirot: "Se arrodilló seguidamente sobre el cadalso con la cara vuelta hacia el Sena. No estaba asustada. Sufrió pacientemente cuanto le hizo el verdugo para prepararla, cortándole los cabellos haciéndola mover la cabeza en distintas formas, a veces con rudeza. Ella se sometió a esta vergüenza pública con paciencia. Se dejó atar las manos como si le hubiesen puesto brazaletes de oro y se dejó poner la cuerda al cuello como si hubiese sido un collar de perlas". Luego dijo: "Quisiera que me quemaran viva para hacer mi sacrificio más meritorio".

El abate Pirot cantó la Salve y dijo a la condenada que le iba a dar la absolución: "Renovad vuestra contrición", la cara de Mme. de Brinvilliers irradiaba esperanza y alegría, serenidad y la ternura del arrepentimiento bien diferente de aquello que debió sentir cuando eliminaba a sus familiares.

El verdugo, Guillermo, vendó los ojos de la condenada, mientras ella repetía con el confesor las últimas oraciones. Sonó un golpe sordo. La cuchilla hizo su trabajo tan limpiamente que por un instante la cabeza parecía que no quería separarse del cuerpo. "Señor, dijo el verdugo al abate, ¿no os parece que ha sido un bello golpe? Yo me encomiendo siempre a Dios en estas ocasiones. Le haré decir seis misas a esta señora".

El cuerpo fue llevado a la pira, después las cenizas fueron dispersadas, pero el pueblo siempre imprevisible, se acercó al lugar para llevarse los restos óseos calcinados. Así terminaba su último día de la que en vida se llamó Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers.

 


Autor: E.L.H. Fuente:

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